info diciembre 3, 2019


Las insurrecciones en Haití fueron de una brutalidad que todavía estremece. Se quemaron las casas de las haciendas con todos los blancos dentro. El olor a chamusquina envolvió la isla y se expandió por el Caribe. A la luz de la candela brillaban los machetes ensangrentados, colorados y vengadores.

Eran pueblos que venían de las cacerías humanas en África. Hombres que viajaban encadenados en las naves de los negreros. Individuos que sufrían las mutilaciones, los azotes y castigos del infierno: a la más leve falta, por la comisión del menor de los delitos.

Francia los trataba como a bestias…

La MINUSTAH (Misión de Naciones Unidas para la Estabilidad en Haití) tuvo la responsabilidad de preservar el gobierno haitiano desde febrero de 2004. La burocracia internacional creyó entonces inevitable el “contribuir a hacer más seguro y estabilizar el ambiente en la capital haitiana y en todo el país”. Aunque se pensó que los soldados y funcionarios extranjeros estarían allí apenas por seis meses, tras sucesivas resoluciones del Consejo de Seguridad (perdí la cuenta en la resolución número 16) el mandato se prolongó por más de 13 años, hasta octubre de 2017.

Una señora proveniente de Trinidad-Tobago, jefa de Misión de la ONU en Haití, apuntó en aquellas horas inciertas: “La búsqueda de caminos que faciliten el diálogo y el consenso entre los haitianos son factores esenciales a la hora de construir un país capaz de sostenerse por sí solo con instituciones democráticas, que den respuesta a los numerosos desafíos que quedan por delante”.

¿Diálogo, consenso, posibilidad de edificar un país democrático en el seno de un aglomerado con remotas y estancadas raíces tribales? ¿Caminos que faciliten el diálogo en un lugar donde no existen siquiera caminos materiales que hagan posible el transporte de los enfermos, de los alimentos y de la población escolar? ¿Creería alguien, de verdad, que el parloteo (viscosamente burocrático, insípido) de aquella jefa de Misión en algo contribuyó a mitigar, por lo menos a entender la desdicha haitiana?

La realidad es que nada mejoró, nada cambió en Haití durante los 165 meses de los cascos azules y la misión de Naciones Unidas. Ahora, el frágil presidente electo, Jovenel Moise, se tambalea en la algarabía sin respuesta de unas peticiones irrealizables, imposibles. Entretanto, el tiempo haitiano (inmóvil, pétreo) parece suspendido en la sequedad de las montañas desnudas y en la tragedia innombrable de unos arrabales de cartón y ripios de madera.

Cualquier iniciativa encaminada al salvamento de Haití requerirá de acciones valientes y eficaces. Será necesario un sistema fiscalizado, con una tutela responsable, competente, humanitaria y desinteresada. Tal orientación, no cabe duda, tendría características menos deshonrosas y tanto más productivas y ejemplares que la custodia de los soldados y burócratas de la MINUSTAH. Además, sin tantas ONG’s y con menos intermediarios (todos, claro que sí, desprendidos y piadosos) a cargo del manejo de la ayuda humanitaria internacional.

Por la complejidad del problema haitiano (un laberinto antropológico, histórico, político, económico, institucional, ecológico…) sería forzosa la implantación del salvamento en cinco grandes campos: el político, el militar, el económico, el social y el migratorio. Un esbozo del plan, a grandes trazos, podría ser como sigue.

Acciones en el campo político:

• Formación de una Junta de Gobierno de cinco miembros, constituida por dos funcionarios seleccionados por las Naciones Unidas (uno de ellos la presidiría), por una personalidad de relieve mundial (alguien, por ejemplo, con un perfil altruista como Mario Vargas Llosa), y por dos ciudadanos haitianos del mayor prestigio.

• Suspensión durante 80 años de la franquicia a los partidos políticos.

• Cesantía por igual período de las cámaras legislativas.

• Establecimiento de programas que eduquen a la población acerca de los valores y el funcionamiento de las instituciones democráticas.

• Creación de un sistema para registro y emisión de documentos personales a la ciudadanía (se estima que 40 de cada 100 haitianos carecen de papeles de identidad).

Acciones en el campo militar:

• Instalación de un ejército profesional con 25-30 mil efectivos que garantice la estabilidad política y regule el tráfico fronterizo ilegal.

• Desmantelamiento efectivo de aparatos militares vinculados a gobiernos y liderazgos anteriores (algunos de ellos ocultos en la sombra).

• Desarme de grupos sediciosos vinculados al crimen internacional.

• Formación de un cuerpo de policía con el objeto exclusivo de mantener el orden público y auxiliar al sistema judicial.

Acciones en el campo económico:

• Apertura de la economía haitiana, con eliminación total de aranceles y barreras no arancelarias al comercio

• Apertura a la inversión extranjera, con una tasa impositiva única sobre beneficios de 10% por un período de 80 años.

• Establecimiento de concesiones para la inversión en obras de infraestructura productiva (transporte, energía, irrigación, etc.).

• Contratación de expertos internacionales que gestionen empresas y dependencias cruciales del gobierno.

• Creación de un fondo multinacional que provea anualmente 10,000-12,000 millones de dólares, destinados a incrementar el gasto social en salud y educación y, por igual, a mantener la nueva infraestructura productiva y social.

• Creación de un sistema que organice el registro de tierras y provea de títulos a sus propietarios.

• Recaudación de ayuda internacional, técnica y económica (proveniente de Canadá, Estados Unidos, Suecia, Finlandia y Noruega) con el objeto de repoblar los bosques devastados.

• Disposición de créditos para financiar pequeñas empresas familiares y comunales, asociadas a la agroindustria y a la artesanía.

Acciones en el campo social:

• Disposición masiva de alimentos a los sectores más desvalidos.

• Desarrollo de programas para reducir el analfabetismo y elevar la cobertura del sistema de educación primaria.

• Ejecución de campañas de desparasitación, vacunación y prevención de enfermedades infantiles.

• Ampliación de los servicios de medicina curativa.

• Dotación de ropa y calzados a la población menesterosa.

Acciones en el campo migratorio:
• Establecimiento de controles rigurosos para el cruce de la frontera dominicana (pasaporte, visado, declaración de aduanas, etc.).

• Gestión del traslado de cuatro o cinco millones de haitianos que voluntariamente deseen emigrar a países con un probado afecto hacia Haití (Estados Unidos, Canadá, Francia, Venezuela y los territorios miembros del Caricom).

• Realización de trámites para la migración selectiva hacia territorio haitiano de 50-60 mil familias europeas (francesas, croatas, polacas, rumanas…), asiáticas (chinas, coreanas, vietnamitas…) e hispanoamericanas (cubanas, venezolanas, argentinas…), cuyos miembros puedan desempeñarse como maestros, médicos, ingenieros, jueces y funcionarios del sistema judicial, técnicos medios, artesanos, agricultores y trabajadores industriales.

Con tal mandato podrían crearse en Haití los cimientos de una colectividad próspera, de contornos humanos y apta para la intelección de lo contemporáneo. Todo esto, al amparo de organismos efectivos, eficaces y estables. Una conquista que, de manera ostensible, revelan hoy los también herederos de esclavos que, en condiciones de mucho mayor decoro y prosperidad, viven en las naciones del extenso Caribe insular, neerlandés, anglo y franco parlante.

Únicamente así, solo bajo una fórmula similar podrá salir el pueblo haitiano de su cepo ancestral. Y solo de tal manera desplegarán una ventana a esa luz, antiquísima e invencible, que emana del ensueño de redención de la estirpe de Toussaint Louverture.

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